EL LEGADO INCOMBUSTIBLE DE CHÁVEZ CORRUJEDO

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Por Xóchitl Contreras Leal

  • Pionero de la educación artística en el noroeste de México, el pintor duranguense no solo fundó las bases de la actual Facultad de Artes de la UABC en Tijuana, sino que convirtió el lienzo en un refugio de vanguardia inclusiva cuando la salud mental y la neurodivergencia aún eran tabúes institucionales.
  • Un recorrido por la obra y la vida del creador que transformó la geografía visual de la frontera.

A los cuatro años, cuando la mayoría de los niños apenas raya paredes por mero impulso motriz, Juan Francisco Chávez Corrujedo ya sabía que su lenguaje iba a ser el de las formas y los pigmentos. Nacido en Durango, forjado académicamente en Monterrey y Guadalajara, pero adoptado definitivamente por los vientos y la complejidad de la frontera, el maestro Chávez Corrujedo es hoy por hoy una de las columnas vertebrales de las artes plásticas y la docencia cultural en Baja California.

A sus más de siete décadas de vida, el creador que llegó a Tijuana en su juventud no solo ha visto la tranformación del panorama artístico de la región: él mismo se encargó de cimentar sus bases institucionales, dejando claro que el lienzo, además de una propuesta estética, es una herramienta de dignificación social.

Para entender la plástica contemporánea de Tijuana, Rosarito y Tecate, es obligatorio pasar por las aulas del maestro Chávez Corrujedo. En 1980, en una Tijuana que buscaba a gritos consolidar espacios de formación artística profesional y dejar atrás la etiqueta de ser únicamente una periferia de tránsito, el maestro fundó el Taller de Artes Plásticas de la Universidad Autónoma de Baja California (UABC). Lo que comenzó en condiciones precarias, como un esfuerzo contracorriente alimentado por el voluntarismo y la urgencia cultural, terminó convirtiéndose en la semilla institucional de la actual Facultad de Artes.

Pero su vocación pedagógica nunca fue elitista ni se encerró en la torre de marfil de la academia superior. Durante 26 años, Chávez Corrujedo combinó la cátedra universitaria con la docencia en la educación pública básica, específicamente en la mítica Escuela Secundaria Técnica No. 1 de Tijuana («La Poli»). Fue en esas aulas de educación media donde el maestro entendió que el arte cumple una función de contención social indispensable en una ciudad receptora de constantes flujos migratorios.

Bajo esa premisa de accesibilidad radical, se convirtió en un pionero absoluto en la región al abrir las puertas de los talleres universitarios, desde la década de los ochenta, a jóvenes estudiantes con Síndrome del Espectro Autista y Asperger. Cuando los conceptos de inclusión y neurodivergencia ni siquiera figuraban en las agendas de las políticas públicas o los planes de estudio en México, el maestro ya demostraba en la práctica que el lenguaje visual rompe cualquier barrera neurotípica. Sus dinámicas no buscaban el asistencialismo, sino la validación del alumno como un creador con voz propia y potencia estética.

Para Chávez Corrujedo el arte no solo decora; sana, estructura y le da voz a quienes la sociedad muchas veces prefiere mantener en silencio.

Como creador, la obra plástica de Chávez Corrujedo transita con maestría entre un dibujo técnico de precisión milimétrica (herencia de sus primeros estudios industriales en Monterrey), el arte figurativo de gran fuerza lírica y una abstracción orgánica que golpea al espectador por su carga conceptual. A través de sus exposiciones individuales y colectivas que han recorrido los Centros Estatales de las Artes (CEART) de Tijuana, Tecate, Mexicali, Ensenada y Playas de Rosarito, el artista ha manifestado una profunda obsesión por las huellas que el tránsito del mundo deja sobre la materia.

Su pincel no busca la belleza estática, decorativa o complaciente. Su propuesta explora el hambre, la mortalidad, los nidos vacíos, las texturas de la madera vieja, el desierto y la mutación constante de la tierra. Su manejo del acrílico, la técnica mixta, el collage texturizado y la experimentación tridimensional con «cubos pictóricos», piezas que desafían la bidimensionalidad tradicional del cuadro e invitan a una reflexión marcadamente ecológica y filosófica: somos parte de un entorno que sufre, se desgasta, pero que también posee una terca capacidad de regeneración.

Ejemplo de su compromiso histórico y pacifista son sus murales en la región, como el emblemático mural contra la guerra nuclear plasmado en la antigua biblioteca central de la UABC, un recordatorio perenne de que el artista fronterizo debe ser, por fuerza, un cronista de las urgencias y los temores de su tiempo.

Haber sido nombrado «Personaje del Año» es apenas un reflejo en el retrovisor de una vida entregada por completo a la comunidad. Hoy, el verdadero impacto de Francisco Chávez Corrujedo no se mide únicamente en los metros cuadrados de sus murales o en el número de sus exposiciones en galerías binacionales; se mide en la diáspora de creadores, gestores culturales, curadores y docentes que hoy dinamizan el noroeste de México y el sur de California gracias a que alguna vez se formaron bajo su guía directa o indirecta.

El maestro sigue observando el entorno con la misma curiosidad del niño que descubrió el color en las tierras de Durango. En una Tijuana que a menudo avanza a un ritmo vertiginoso y devora sus propias identidades, Chávez Corrujedo se erige como un guardián de la memoria visual de la frontera, un forjador incansable que demostró que pintar la línea no es dividirla, sino humanizarla a través de la empatía.

Al final del día, el legado del maestro Francisco Chávez Corrujedo trasciende las hojas de sala y los reconocimientos institucionales. En una época donde el arte contemporáneo a menudo se pierde en el solipsismo o el mercado, su trayectoria nos recuerda que la pintura es, ante todo, un acto de fe social y un puente hacia el otro. Su obra permanece no solo en el acrílico, óleo o acuarela sobre el lienzo o en los muros universitarios que ayudó a levantar, sino en la mirada de cada alumno que descubrió su propia dignidad sosteniendo un pincel bajo su tutela; ahí, en esa transferencia horizontal del tiempo y el conocimiento, es donde el trazo del maestro se vuelve verdaderamente imperecedero.